Por Adalberto Lamas*
La situación pre-electoral que vive el Perú se agita cada vez mas conforme se aproxima el 5 de Junio, día en que los peruanos decidiremos en las urnas, a la persona que gobernará los destinos del país por 5 años.Muchos líderes de opinión y personajes carismáticos e influyentes, aunque controversiales, como Mario Vargas Llosa, el Cardenal Ciprini y Jaime Bayly, han emitido su opinión dejando claro por quien van a votar o a quien apoyarán.
Lo mismo debe estar sucediendo con todos los ciudadanos peruanos que en la primera vuelta votaron por un candidato distinto a los que disputarán la segunda vuelta.
Igualmente, los medios de información, tanto escritos como radiales y televisivos, tratan de informar sobre los planes de gobierno de uno u otro candidato, aunque más de las veces, buscando como influenciar a sus lectores, guiados o controlados por los intereses de los propietarios de las empresas para las cuales trabajan.
Es en este contexto, que me gustaría invitarlos a reflexionar sobre los conceptos de corrupción, autoritarismo y liderazgo.
Nadie quien haya vivido en el Perú en las últimas décadas, puede negar como la corrupción institucionalizada ha dañado la confianza de los peruanos en su clase política y dirigencial, el cual se hizo aún más evidente durante el régimen que gobernó el Perú durante la década de los noventa en donde aparecieron muchos funcionarios y políticos, a vista de todos los televidentes, recibiendo dinero de manos del entonces asesor y jefe de inteligencia del gobierno, por el cual ahora están purgando justa condena en la cárcel.
Terminado este penoso período, el pueblo peruano mantuvo la esperanza que esta práctica de la corrupción iba a cambiar, pero muy a nuestro pesar, nuevos actos de corrupción fueron descubiertos cometidos por cuestionados ministros y funcionarios del actual régimen, muchos de los cuales, aún permanecen sin investigar o parecen estar encarpetados en algún escritorio de alguna autoridad judicial.
Frente a esta situación, muchos segmentos de la sociedad peruana exigen el surgimiento de un nuevo líder autoritario que ponga orden y encamine al Perú por los senderos de la prosperidad, paz social y justa distribución del la reconocida bonanza económica que goza el Perú gracias al subido precio internacional de los metales.
Aquí podemos encontrar una contradicción. Al parecer, un líder autoritario no es la mejor solución para acabar con la corrupción. Recordemos que el gobierno de Fujimori se caracterizó por ser un gobierno autoritario, admitido recientemente por la propia hija del ex presidente, Keiko Fujimori, hoy candidata presidencial.
El autoritarismo implica concentrar todo el poder en una sola persona o en un solo grupo de personas que ejercen el poder formal.
Este modelo de gobierno es absolutamente el menos recomendado ya que genera más corrupción, como se ha probado en el Perú, con el régimen de Fujimori teniendo a Vladimiro Montesinos como asesor y gestor de estos actos.
Lo que el Perú actual requiere, de acuerdo a mi modesta opinión, es la presencia de un verdadero líder, entendido como tal, a una persona capaz de dialogar con todas las fuerzas políticas existentes, una persona que esté dispuesta a conceder y buscar consensos con personas que tienen ideas diferentes.
Un verdadero líder que sea capaz de estimular y animar a las fuerzas políticas y sociales a participar activamente con ideas, trabajo y buena voluntad y que sepa negociar con los grupos más descontentos ofreciéndoles real solución a sus problemas en lugar de reprimirlos como sucedió en Bagua.
Un líder que se preocupe por mejorar la educación de todos los peruanos, comprometido en que se enseñen nuevos valores contrarios a la “viveza criolla”, a la vida fácil y a la superficialidad intelectual, en donde los ciudadanos del futuro sean capaces de respetar las ideas de los demás, que sean sensibles a las necesidades de los demás, que tengan la habilidad de procesar la información para evitar ser manipulados, que sepan cumplir con sus deberes así como hacer respetar sus derechos; y por último, que sean capaces de discernir entre lo que es justo e injusto.
Esta situación obligaría a elevar el profesionalismo, tanto de los periodistas, profesores y funcionarios y todos en conjunto elevaríamos nuestra autoestima para no dejarnos manipular por el miedo y la incertidumbre, asegurando así un mejor futuro para las generaciones posteriores.
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